Que siga la comunión
Ni dirigentes ni afición deben dejar pasar este momento.
El mundial continúa. Pero para la selección mexicana, y para México como anfitrión, llegó a su fin el domingo pasado. Quedar fuera del mundial es siempre triste, eso es innegable. Se te acaba la ilusión de golpe, y tienes que guardarte todos los gritos de gol y expresiones de júbilo que creías que todavía ibas a poder expresar. Se vuelve imposible no repasar todos aquellos momentos puntuales que hubieran cambiado el destino del equipo, en especial cuando el margen es mínimo, como en esta ocasión. El desenlace fue, en términos estrictos, el mismo: nos quedamos en octavos. Pero esta edición nos dejó un extra muy valioso, y eso fue el idilio entre el equipo y la afición. En los ocho mundiales que me ha tocado ver, no recuerdo nunca uno en el que se viviera esta conexión. Y sí, ser anfitriones ayudó, y mucho. Pero eso por sí solo no habría sido suficiente sin lo que el equipo del Vasco logró, ganando cuatro de sus partidos sin recibir gol, superando ampliamente a tres de los rivales,1 y peleando hasta el final cuando el panorama lucía complicado.
En México nos gusta presumir de ser una gran afición, pero, en mi opinión, esto no ha sido ni remotamente cierto en años recientes cuando se trata de la selección. Tanto medios de comunicación como gran parte de los aficionados han puesto expectativas poco realistas en el equipo por mucho tiempo, que se transforman muy rápidamente en críticas desmesuradas ante la más mínima señal de un mal desempeño. Más allá de lo absurdo que es creer que un equipo como el nuestro debería ganar (y gustar) siempre, las reacciones desproporcionadas solo contribuyen a empeorar el ambiente y meter más presión a un grupo cada vez más desgastado. Y ojo, esto no significa que no hubiera cosas que criticar. Han habido malas decisiones, nombramientos cuestionables, y prioridades discutibles, todas merecedoras de escarnio público. Pero abuchear a tu propia selección por empatar con uno de los mejores equipos del mundo es una prueba enorme de que no, no tenemos la mejor afición. Reclamamos que queremos más juegos en el Azteca y no en ciudades de Estados Unidos, cuando los espectadores no están dispuestos a aceptar un solo mal resultado, expresando su hostilidad incluso hacia nuestras mayores figuras.
Por todo esto es que no sabía qué esperar para un mundial en casa. Tenía el temor de volver a escuchar abucheos, “oles” en contra, u otras formas de demostrar descontento. Parte de la razón por la que esto no sucedió fue porque México logró abrir el marcador rápidamente contra Sudáfrica—aunque parte del estadio sí se mostró insatisfecho por la falta de contundencia—, peleó fuertemente ante una Corea complicada, y llegó ya en un buen momento para los siguientes tres juegos. No sé qué habría pasado si no ganaba alguno de esos partidos, pero para ser honesto, creo que la probabilidad de que un sector de los aficionados se voltearan era alta. Afortunadamente no sucedió, y tanto los resultados como la actitud de jugadores y cuerpo técnico generaron una conexión con la afición—en la cancha y en las calles—no vista en décadas. Yo tuve la fortuna de estar en dos de los juegos en el Azteca, y me uní a los festejos en el Ángel para dos de los otros tres. Aun considerando que el mundial magnifica todo, y más todavía siendo anfitriones, el romance con el equipo alcanzó niveles que no pensé ver. Mareas de gente vistiendo verde y gritando su amor por las distintas figuras de cada juego, incluyendo al mismo Aguirre.
Uno de los juegos a los que pude asistir fue precisamente el México-Inglaterra. Por más optimismo e ilusión que hubiera, la etapa y la calidad del rival que teníamos enfrente hacía entender a todos que en esta ocasión una derrota era un escenario más probable que en cualquier otro momento. Una prueba de fuego para la afición. El 2-0 me hizo preocuparme por la reacción tanto del equipo como de los espectadores. Temí que los jugadores se vinieran abajo y que los aficionados, cargados de ilusión como nunca, vociferaran su descontento. Pero no. Vi a muchos buscando despertar a aquellos que estaban en shock, alentándolos a unirse a los gritos de apoyo. Y mientras, en la cancha el equipo respondía a base de corazón y lucha. No se logró el resultado que todos queríamos, pero el Azteca le reconoció a su selección el esfuerzo visto y le agradeció los momentos de júbilo que nos brindaron por tres semanas. La sensación generalizada era de tristeza, pero no de enojo. Se lloraba por lo que quedó atrás y por lo que no vendría más, pero se sonreía por ser parte de un movimiento colectivo que nos dio a muchos uno de los veranos más alegres de nuestras vidas.
Ahora viene lo más difícil. Pasada la euforia del mundial toca volver a la realidad. Volveremos a ver a los rivales de la zona que estamos cansados de enfrentar. Vendrán los experimentos (necesarios) en las convocatorias. Se jugarán los famosos partidos “moleros” fuera de México. Habrá altibajos y sus respectivos cuestionamientos. Nuestra atención competirá además con el torneo local y las ligas y competiciones de otros continentes. Comenzarán las comparaciones odiosas. En resumen, la condiciones para enojarse, reclamar, e insultar estarán ahí. Pero aún con lo improbable de que la comunión entre equipo y afición siga a este nivel, espero que las memorias del mundial logren brindar la paciencia y entendimiento suficiente para seguir apoyando a un grupo que parece tiene con qué construir un proyecto interesante—e ilusionante—a futuro.
Los dirigentes deben poner también de su parte, claro. Hay un hambre en el país por tener a la selección en casa y continuar con el momento. Cientos de miles de aficionados quisieron asistir al Azteca y/o al Akron para ver al equipo, pero ni el espacio ni los precios se los permitieron. No programar partidos en las diferentes ciudades del país—ya vimos la respuesta que hubo en Puebla y Toluca—sería desaprovechar un momento que no sabemos si se volverá a presentar. Sí, no se generarían los mismos ingresos que con los tours en Estados Unidos, pero el impacto positivo puede ser mucho mayor.2 La Federación tiene la oportunidad en sus manos de rescatar, por fin, una relación que parecía destinada a permanecer rota. Nos toca como afición poner de nuestra parte. ¿Qué tenemos que perder?
Sudáfrica, Chequia, y Ecuador, en mi opinión. Contra Corea se sufrió de más, y se resuelve por un error del portero rival y una atajada milagrosa de Rangel. Contra Inglaterra se jugó muy bien, pero no se fue superior.
Y podría no ser un gran sacrificio en el aspecto financiero. Basta con ver la altísima demanda que hubo para todo lo que tuviera que ver con la Selección Mexicana. Sin ir más lejos, los jerseys continúan agotados a cinco días de la eliminación.


